Azucena y Lidia: dos mujeres que ayudaron a transformar Romang
Azucena Galfrascoli de Affolter y Lidia Infiesta de Kaenel dedicaron buena parte de sus vidas a la educación, las instituciones y el progreso de Romang. Una historia de compromiso, solidaridad y trabajo comunitario que merece ser recuperada.

Jueves 27 de agosto de 2026
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por Marta Affolter
Hay historias que no deberían quedar solamente en el recuerdo de una familia. Hay mujeres cuya vida se entrelaza con la historia de un pueblo y cuyo trabajo, muchas veces silencioso, merece ser contado y reconocido. Este es el caso de Azucena Galfrascoli de Affolter y de su entrañable compañera y vecina, Lidia Infiesta de Kaenel.
Mi mamá, Azucena, llegó a Romang desde su Reconquista natal cuando tenía apenas 20 años, con un bolso que llevaba sus pertenencias, para hacer un reemplazo en la Escuela Fiscal N.º 545 José de Amenábar. Lo que comenzó como un reemplazo terminó convirtiéndose en una vida entera dedicada a esa escuela: allí trabajó durante 30 años y nunca dejó de sentirse profundamente ligada a sus alumnos y a la comunidad.
Durante esos años, Azucena también se ocupó de preservar la memoria de la institución. Fue ella quien confeccionó el álbum de las Bodas de Plata de la escuela, reuniendo recuerdos, fotografías y testimonios de aquella historia compartida. Quienes tuvieron la oportunidad de verlo muchos años después lo consideraron una verdadera reliquia histórica. Ese álbum quedó como un valioso testimonio de la vida de la escuela y de las generaciones que pasaron por sus aulas.
Hace unos años tuve la oportunidad de acompañar a los festejos de esa escuela por los 50 años de egresados de sexto grado. Yo nunca había asistido a esa escuela, pero aquella celebración me permitió conocer una parte de la historia de mi mamá que me emocionó profundamente.
En medio del festejo, un exalumno pidió la palabra y contó que, cuando terminó primer grado —Azucena había sido su maestra—, tuvo una gran tristeza al enterarse de que en segundo ya no estaría con él.
Ese recuerdo dice muchísimo más que cualquier diploma.
Porque mi mamá no fue solamente maestra. También fue quien sacaba piojos, lavaba cabezas y se ocupaba de aquellos niños que llegaban con enormes necesidades. Si alguno no tenía calzado, ella iba a buscarlo.
Se preocupaba por ellos dentro y fuera del aula, porque entendía que enseñar también era cuidar.
Y mientras Azucena entregaba su vida a la educación, junto a Lidia ambas participaban activamente en la construcción y el progreso de Romang.
Hacia fines de la década de 1940 formaron parte del grupo de vecinos que trabajó para hacer realidad el Colegio Inmaculada Concepción, organizando beneficios y reuniendo fondos para levantar las aulas donde se educarían generaciones de niños y jóvenes.
En 1963, después del incendio que destruyó la vieja usina eléctrica y dejó al pueblo a oscuras, volvieron a estar presentes. Participaron en la recaudación de fondos, en la organización y en el trabajo necesario para contribuir a la reconstrucción de la usina y del nuevo edificio de la Cooperativa de Servicios Públicos.
En 1973, cuando Romang celebró su centenario, también estuvieron allí, participando activamente de la organización de los festejos que reunieron a toda la comunidad y rescataron la memoria y la identidad de nuestro pueblo.
Y también trabajaron por el progreso urbano. Gestionaron la llegada del pavimento y organizaron innumerables beneficios —colectas, rifas y otras iniciativas— para hacer posible la emblemática Vía Blanca de la calle San Martín.
Aquella noche en que se encendieron las nuevas luces, los vecinos salieron a las calles a celebrar. Quizás muchos disfrutaron de aquella alegría sin conocer todo el esfuerzo que había detrás.
Pero una parte de esa luz también llevaba el trabajo, la perseverancia y la generosidad de Azucena y Lidia.
